Excursión a Estepona (Málaga).

Continuamos con mis publirreportajes de nuestras excursiones y escapadas varias.

El domingo 9 de junio (y lunes 10) de 2019, Isabel y yo hicimos una escapada rápida a Estepona, en nuestro afán de “coleccionar” visitas a todas las localizaciones posibles de la Costa del Sol, en este caso, Málaga Oeste (West Side que le dicen los “modernos”).

Nunca habíamos estado en “el Jardín de la Costa del Sol.”

Coño, José María, ¿nunca has estado en Estepona? Si la tienes al lado, cabronazo.

Ni en Estepona… ni en muchos sitios. Como muchas otras parejas, hasta que no nos independizamos no pudimos viajar todo lo que quisimos. Yo, en particular, tuve la desgracia (siempre mirándola en perspectiva, claro, no me faltó de nada) de que mis padres eran extremadamente reacios a viajar. Mi padre se negó a sacarse el carnet de conducir (es muy miedoso) y mi madre se lo sacó muy mayor y le costaba la misma vida conducir (hay que entender a las personas mayores, para ellas todo es un mundo), sólo hizo uso de él unos cinco o seis años… y se negó a conducir más. La falta de automóvil particular en un país como España, donde las distancias son largas y donde los transportes públicos son “reguleros” y relativamente difíciles de interconectar, nos limitó mucho a Isabel y a mí para poder viajar (dinero aparte) de jóvenes. No voy a mentir: siempre he mirado con sana envidia a todos esos estudiantes que ya con veinte años se habían recorrido media España y algo del extranjero.

Así que, una vez independizados, decidimos “vengarnos” de nuestras penurias y solucionar nuestros First World problems viajando en cada ocasión que nos surgiera (a fecha de 2019 ya hemos viajado muchísimo y por un chorro de países). Y como, por no ver, no hemos ni visto a fondo nuestra propia comunidad autónoma, allá que vamos arriquitraun, traun, traun y achilipum, pum pum por esta Andalucía nuestra que tiene muchas y muy bonitas cosas que ver (y que disfrutar, así en general como quien no quiere la cosa).

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Viaje.

Estepona está a unas tres horas desde La Carlota y no tiene misterio alguno llegar: autovía Córdoba-Málaga, A-7 y/o autovía del Mediterráneo. Como era principio de verano, todavía no era época fuerte turística, así que no tuvimos problema para llegar.

No me compliqué: aparqué en el párking de pago del mismísimo Paseo Marítimo de Estepona. No teníamos mucho tiempo (día y medio) y tampoco es que resultara muy caro.

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Un recorrido somero.

Me hizo gracia porque quería visitar el simpático Monumento a la Peseta en recuerdo de nuestra antigua divisa nacional… ¡y resultó que estaba justo a la mismísima salida peatonal del párking!

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Lo que ya no me parece tan simpático es que la cruz de la peseta expuesta en la escultura sea una versión estilizada y simplificada de las de los tiempos de Franco (contiene el águila de San Juan) pero, a ver, qué se le va a hacer. Es un testimonio histórico. No podemos olvidar nuestro pasado. Ni nuestra numismática. Por lo menos tuvieron la decencia de no exponer la cara del dictador.

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Y, en fin, a partir de ahí iniciamos lo que es un paseo por la localidad (que es bastante grande, casi setenta mil habitantes) para entrar en contacto con ella. Un día y medio no daba para más, queríamos combinar turismo de excursión con tiempo de descanso (insisto en lo que digo siempre: no os imagináis la vida de ajetreo que llevamos; el día en que tengamos niños nos vamos a querer morir) y la estrategia que siempre adoptamos es: dar una vuelta por el lugar y, si nos gusta (como nos pasó con El Rincón de la Victoria), volver más adelante y explorarlo más a fondo.

Lo primero, fue un homenaje a nuestra patria europea (sí, somos profundísimos y orgullosos patriotas europeos, ¿qué pasa?).

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Bandera de la Unión Europea en la Avenida de España. Estepona, Málaga.

Lo dicho: para aprovechar bien el tiempo nos dimos un buen y largo paseo por el Paseo Marítimo Pedro Manrique hasta la playa del Cristo y nos dimos una vuelta hasta el párking pero ya pasando por el casco histórico.

Ya sé que soy muy pesado (joder, soy un friki, ¿os tengo que recordar el título del blog?) con la Botánica y la jardinería pero es lo que hay. El que me conoce ya sabe de qué voy a hablar: de mis aficiones y mis obsesiones. A Estepona no se la conoce como “el Jardín de la Costa del Sol” por gusto: es que el gobierno municipal se ha interesado muchísimo en promocionar ese aspecto estético floral como factor de atractivo turístico. Y no se equivoca pero que para nada: pocas cosas pueden rivalizar con la alegría visual y la calidad de vida que proporcionan una buena masa vegetal y floral. Y si, además, están bien gestionadas desde el punto de vista tecnológico (riego por goteo, especies autóctonas y resistentes, aprovechamiento de aguas residuales, jardineros profesionales y bien formados), ya ni te cuento.

Toda Estepona rebosa a rabiar de buenos jardines, arboledas, arriates y un detalle que me encannnnnnta a título particular: hay macetas andaluzas tradicionales por todo el caso histórico.

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El paseo marítimo de Estepona es muy largo y está bien cuidado aunque no es tan largo como el de Málaga Este (que es larguísimo, se puede cruzar pueblo tras pueblo andando). Como podéis ver, no estaba muy lleno de gente porque no era temporada alta propiamente dicha aunque ya se podían ver numerosos guiris (extranjeros) de turismo, principalmente ingleses y alemanes. Estepona es uno de los municipios españoles con más residentes extranjeros, principalmente europeos (llegan a constituir la cuarta parte de la población). Estepona es muy, muy popular entre los británicos. La mayoría de carteles de los establecimientos están en español e inglés y todo el mundo te puede atender en ese último idioma.

Hizo mucha calor y un a ratos molesto viento seco de Poniente (en la playa del Cristo a veces nos daba la arena en los ojos).

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El paseo marítimo se ve interrumpido por la zona portuaria, que comienza a la altura (más o menos), del faro de Punta Doncella. Es de 1861 y, a diferencia de otros muchos faros andaluces, no es de color blanco.

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Podréis ver excavadoras y bulldozers en primer plano. Esa zona preportuaria está en obras. Se nota que se quiere aprovechar el espacio libre que hay antes del puerto. No sé lo que harán ahí, supongo que más viviendas, o prolongar el paseo marítimo que, la verdad, se merece ser más largo.

Detrás del faro está el puerto pesquero de Estepona. Para lo turística que es la localidad (el turismo es su principal fuente de ingresos), Estepona tiene todavía una pequeña flota pesquera de estilo mediterráneo e instalaciones acordes: lonja, muelles, almacenes, etc. Según tengo entendido, se dedica principalmente a la pesca de sardinas, almejas y boquerones (¿hay algo más malagueño que el boquerón?).

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Pasado el puerto pesquero (muy pequeño), comienza la zona del puerto deportivo, con muchísimos yates de lujo y, lo que me llamó la atención… una increíble cantidad de establecimientos de comida marina. Pero que un montón, vaya. Era la hora de comer y estaban todos a reventar de guiris comiendo marisco y pescaíto a dos carrillos.

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Torre de control del Puerto Deportivo de Estepona.

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No lo teníamos planeado, fue una casualidad de la que hicimos uso: como era domingo por la mañana, estaba el mercadillo semanal. No sabía ni que existía. A diferencia de otros mercadillos andaluces, éste no se circunscribía a vender ropa sino que se podía adquirir todo tipo de complementos. ¡Había hasta tiendas de antigüedades!

De hecho, a los guiris les encannntan este tipo de mercadillos y no es casualidad que lo hayan puesto en el paseo marítimo, justo enfrente de los establecimientos de comida marina. Compras… y a comer. O al revés.

Ya que estábamos, aprovechamos para comprar recuerdos para nuestras amistades (mi compañera Pilar me sacó de un apuro con el pedido urgente de un cliente y quise tener un detalle con ella). Nos decidimos por unos pareos cuquísimos. Y nada caros, ¿eh? Ésa es otra… qué precios en la costa, especialmente en verano.

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Me hizo gracia este cartel en inglés de una tienda de alquiler de vehículos.

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Y llegamos a la playa del Cristo, el extremo de nuestro paseo. Es una playa preciosa, poco profunda, ideal para los peques y de arenas no muy oscuras. Tiene un párking hermosote delante. Como dije, hacía mucho viento y fue un poco penoso atravesar las arenas con el viento dando en los ojos. Benditas gafas de sol.

Como anécdota, al atravesar la playa, había que pasar al lado de un restaurante (el Havana Beach) y al camarero, que era latinoamericano, no sé qué se le infundió (mira que íbamos vestidos al completo y a buen paso), que creyó que queríamos comer:

-Lo siento, pero está todo ocupado. Pueden pasar a la barr…

-No vamos a comer, hombre. ¿No ves que estamos de paso?

-Uy, disculpe.

-No pasa nada.

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A ver, dije que la playa del Cristo fue el extremo de nuestro paseo pero si tomamos en cuenta que para volver a andar sobre firme tuvimos que subir unas escaleras de la playa Seguers pues se podría considerar que sí que andamos un poco más. Supongo que los que pusieron la nomenclatura tendrán sus motivos pero no sé por qué tienen nombres distintos: para mí, la playa de Seguers y la del Cristo son la misma.

En fin que, ya por encima de la playa, pudimos ver algunas de las urbanizaciones de lujo de Estepona, de las de primera línea.

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Volviendo por la avenida del Carmen para abajo, aproveché para echar alguna foto con la que constatar la presencia de numerosas (y muy caras) inmobiliarias de la zona. Observad que muchos precios están en libras esterlinas, y los carteles en español e inglés. Había inmobiliarias que sólo trataban en inglés. Ya os podréis imaginar el tipo de clientela que tienen.

Y me voy a callar, o más de uno va a acabar adivinando otro de los motivos por los que viajo tanto a la costa de Málaga.

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Plaza de la Virgen del Carmen (patrona de marineros, marinos, pescadores, y gente de mar).

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Hacía mucho calor y ya era tarde, así que paramos a comer. A Isabel se le antojaba sushi, así que paramos en un pequeño establecimiento regentado por chinos donde lo preparaban para un par de mesas y para llevar… el Zoro Sushi Bar. Establecimiento de esos de “comida fusión”: sushi preparado por chinos utilizando ingredientes españoles. La camarera era simpatiquísima, y hablaba español con acento malagueño, e inglés.

Nota recordatorio: había otra hambrienta familia española comiendo (por el acento, del norte)… y tenían dos niños (niña y niño). No es que fueran malos pero es que eran ruidosos al máximo. Y como los chinos antes se cruzan la Gran Muralla con garbanzos duros de plantilla en los zapatos que gastar dinero encendiendo el aire acondicionado, fue una experiencia muy estresante en conjunto para un misofónico como yo (la verdad es que el local era “cutrecillo”). Me pone enfermo el ruido que hacen los niños (y los estornudos, los chirridos de la escritura en pizarra, el sonido del masticar, etc.). Es una de las principales razones por las que todavía no tenemos niños. Y lo que más enfermo me pone son los padres que no tienen cojones de poder controlarlos. Ya sé que no está de moda ponerse serio o pegar dos voces bien dadas pero insisto en que la solución, desde luego, no es dejarles hacer: a los niños se les educa y no, éstos no tenían TDAH. El padre es que, directamente, “pasaba”, se le notaba que estaba de vacaciones y hasta las narices de aguantar a sus vástagos. Y a la madre se le notaba a su vez que era consciente de que los niños estaban armando una escandalera y no paraba de hablarles pero sin que éstos se controlaran. Ni mi hermana ni yo hemos montado semejantes “pollos” nunca. La camarera nos ponía cara de circunstancia.

La comida estaba sorprendentemente decente para ser un establecimiento un poco alejado de la playa.

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Fue una buena decisión no comer pesado porque teníamos que seguir andando. Era una hora malilla para pasear y hacía su buena ración de calor aunque, afortunadamente, no llegaba a los cuarenta grados. Soy de los que dicen que los andaluces del valle del Guadalquivir ni nos molestamos en sudar si no se pasa de los cuarenta y dos.

No tengo fotografías pero paramos en una heladería, La Artesana, en una plaza muy recogidita, la de Miguel Ángel Loren Méndez y nos comimos varias tarrinas de helados. No he probado mejor helado sabor Málaga (que se hace con vino dulce y pasas). Buenísimo. En la plaza hacía un viento que se llevaba las sillas, no miento.

Y seguimos paseando de vuelta al coche, buscando la sombra todo lo que podíamos. La idea era ver el casco histórico del pueblo, que es muy afamado por lo bonito que es.

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Como era principio de junio, las jacarandas estaban en flor. No sé si se puede apreciar bien, pero muchos edificios tenían sus paredes pintadas para favorecer un ambiente estético moderno. Por cierto: podréis comprobar la recuperación económica bajo la forma de… oh, sí. grúas, grúas everywhere. 2019 está siendo el año en el que se está volviendo a notar de manera palpable el resurgir de la construcción. Sí, otra vez. Las grúas vuelven a poblar los paisajes de España. Especialmente los paisajes más solicitados. Como la Costa del Sol.

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Y llegamos al casco histórico. Como podéis ver, es el propio de un pueblecito costero andaluz, de calles estrechas y casas encaladas para combatir el calor. Dos alturas como máximo y… macetas con flores. Centenares de ellas.

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Lo digo y lo diré todas las veces que haga falta: AMO LAS PLANTAS.

Con verdadera pasión.

Es una obsesión de friki muy particular.

A mí que me den cubiertas vegetales, jardines, flores, arriates, patios andaluces rellenos de macetas a rabiar, cítricos, líneas de arboledas… No me pesa cuidarlos o mantenerlos. ¡Más plantas, más macetas! ¡¡¡MOARRRR!!!

Y si encima son plantas de carácter étnico como la tradición andaluza de las macetas en patios y ventanas, ya es que me despiporro. Una de las cosas que más le agradezco a mi madre es que me transmitiera ese amor y esa pasión por las plantas. ¡Qué bonitos ha tenido siempre nuestros patios! Y si añadimos que me he criado en Córdoba, os podréis hacer una idea de lo muchísimo que aprecio una maceta ahí toa bien puesta.

Si no hubiese estudiado Periodismo y Economía, lo admito, me habría centrado en la Biología y en la Botánica. Soy feliz siendo jardinero. Es una de las grandes razones por las cuales me compré una finca en el campo: para tener mi huerta, mis balcones y mis jardines (sí, tengo más de uno). Y cada vez que me surge un poco de tiempo libre, continúo estudiando formalmente todo lo relacionado con el mundo vegetal.

Lo que más lamenté hasta el punto en que se me hincharon las venas de frustración (como buen friki soy muy obsesivo con mis aficiones) de la visita a Estepona fue el no poder visitar el famoso Orquidario de Estepona con sus centenares de especies tropicales. Por mis muertos que vuelvo, vaya que sí.

Bueno, que me “enrollo” más que una pelea de anguilas. Seguimos con la visita al caso histórico de Estepona.

Ésta es la plaza Casa Cañada, con su fuente. Ahi comienza la calle Villa, una de las más “florales” de Estepona. No se ve pero a mano izquierda de la plaza (según se posiciona uno como en la foto) está el ayuntamiento.

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En la misma plaza se pueden ver los restos de uno de los bastiones del castillo de San Luis, la fortificación que defendía Estepona, ordenada construir por los Reyes Católicos. Fue a partir de esta fortaleza que se empezó a reconstruir y repoblar la localidad.

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Ésta es la torre del Reloj. Tiene chorrocientas reformas a cuestas pero en su día fue el alminar de la antigua mezquita. ¿Veis el reloj solar?

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Isabel posando por las calles de Estepona. El árbol que le da sombra es una “pata de vaca” (Bauhinia variegata). Lo sé porque yo tengo una en mi jardín delantero, je, je… Ya tiene las vainas verdes, las flores fueron fecundadas. No es que la planta esté mal cuidada, es que las hojas se resecan poco a poco cuando la planta ha de destinar recursos a alimentar las vainas, la mía se pone igual. Tras soltar las vainas, echa hojas nuevas.

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Aparte de las flores, también abundan bares y restaurantes en el casco histórico. La inmensa mayoría, llenos o muy ocupados. Vamos, que si tienes dinero no vas a pasar hambre ni sed paseando por Estepona.

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Y llegamos a uno de los puntos más “obligados” de toda visita turística a Estepona, la Plaza de las Flores, dominada por la Casa de las Tejerinas.

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Hay muchos azulejos con poesías por las calles. De hecho, hay una Ruta de la Poesía en Estepona. Ésta de la imagen, en concreto, es de Rilke.

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Como ya estábamos cansados de andurrear y, para aliviar el calor, nos metimos en una heladería (La Italiana) en la plaza del Dr. Arce, a refrescarnos. Qué pintaca, ¿eh? La heladería estaba a puto rebosar.

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Por cierto, mu bonica la fuente de la plaza.

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Esta foto la tomé porque me llamó la atención el estilo de la puerta del establecimiento. Que sí, que es prefabricado y de construcción integral (las columnas no son independientes) pero le da su toque y es especialmente agradecida de ver en el entorno arquitectónico.

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¡Una diplademia con flores de color rojo! Joía, a partir de una maceta tan pequeña, cómo surge una enredadera tan rechulona que es capaz de llegar a la primera planta.

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Y ya nos salimos del casco histórico en dirección al párking. No por ello dejan las calles de tener un cierto atractivo estético. Por ejemplo, lo que ya comenté anteriormente de pintar las fachadas expuestas de los edificios de más altura.

Estepona no es la localidad andaluza que haya logrado preservar mejor un carácter estético arquitectónico claro, elegante y ordenado (eso es imposible en una localidad que vive del turismo) pero sí que le agradezco a sus habitantes e instituciones que se estén esforzando en mantener lo poco o mucho que tienen (insisto: el casco histórico está bastante bien mantenido)… y en mejorar en lo posible el resto. Todos estos detalles “estéticos” que menciono, son muy de agradecer. Le aportan calidad de vida a la población. El mensaje esperanzador es que no es imposible combinar turismo (¡ni incluso masivo!) con un orden y una coherencia estéticos.

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¡Una tienda friki! Estaba cerrada, era domingo. Qué se le va a hacer.

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Esta estatua estaba en la calle Real. Y la pongo porque una de las cosas que más me tocaba los cojones de facebook es que no te dejaban poner fotos de desnudos o semidesnudos… ¡ni aunque fueran de carácter artístico, como éste! ¡Ya está bien de falsos puritanismos, hostias! Que estamos en el siglo XXI. ¿A estas alturas nos vamos a avergonzar de nuestros cuerpos, panda de mojigatos? Ufff… es una de las cosas que más me hacen enfadar de las religiones (especialmente las abrahámicas): que quieren ejercer control sobre el sexo.

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Ah, por cierto, como nota curiosa relacionada. Fue en Estepona donde se abrió el primer centro naturista abierto (Costa Natura), en 1979. Sí, queridos, sí… hubo que esperar a que llegara la democracia.

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Alojamiento.

Nos subimos al coche y nos fuimos al hotel que teníamos reservado…

…o eso pensábamos.

Os explico. Isabel había reservado un hotel con spa para aprovechar bien el fin de semana. Y cuando lo puse en el buscador de Google Maps para que nos indicara el camino en coche, utilicé los términos “hotel”, “Thalassa” y “spa” porque eran los que yo creía que eran más excluyentes.

Y resultó que “thalassa” no es un nombre propio sino un tipo de spa (no os riáis, cabrones, que no soy un experto en “spalogía”). Y había DOS “Thalassa spa” en Estepona: el Elba, y el Exe. Mira tú qué casualidad. Me dirigí al primero que nos salió (el Elba) y que, claro, era el que más estrellas tenía, y el más referenciado (dejando muy abajo en lectura al Exe, no llegué ni a leerlo). Por eso salía el primero. Ya me extrañó que Isa hubiera reservado un cinco estrellas sólo para una noche de domingo, pero cosas más extravagantes hemos hecho en nuestras vidas. A ella no le sonaban tantas estrellas, pero allá que fuimos.

Al preguntar en recepción, por supuesto, no encontraban nuestra reserva ni para arriba ni para abajo. La muchacha que nos atendió llamó a una compañera más veterana y ésta, educadamente pero casi que con los ojos vueltos de frustración porque se notaba que le había pasado esto más de una y de dos veces, se dio cuenta enseguida de que habíamos reservado… en el otro.

Qué vergüencita.

En fin, nos disculpamos y, ya que estábamos por allí (está en la punta más oriental de Estepona), eché unas fotillos como recuerdo.

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Bueno, puessss… que nos alojamos en el Exe Estepona Thalassa & spa (adults only).

Y, ahora sí que sí, lo proclamo a los cuatro vientos… fue un absoluto acierto. Uno de los mejores establecimientos en relación calidad-precio en los que he estado.

Sí, señor.

Tanto, como que repetiremos (quiero volver a Estepona a visitar el Orquidario).

Es un cuatro estrellas y, aunque a priori pudiera parecer que es una desventaja alojarse relativamente retirado de la playa, al final resulta ser una ventaja para clientes del tipo “quiero que me lo pongan todo por delante” y que, a la vez, busquen tranquilidad. Fijaos que es adults only (no se admiten niños) y está en una zona residencial tranquilísima, los conserjes nos dijeron que nunca había robos en la zona.

El hotel es, en suma, un muy buen “centro de operaciones.” Esto es, te alojas en él con todos los servicios más o menos demandados (spa, masajes, hidroterapia, piscina, comida…) y lo usas de base para visitar Estepona y alrededores (playas, Orquidario, casco histórico, parque Selwo Aventura, yacimientos arqueológicos, el parque San Isidro-Pedregales, etc.). Lo único es que, claro, tienes que venir en coche (o depender de taxis).

Nos dimos cuenta de que el hotel es tan bueno… que tiene habituales. Sí, sí, los camareros y conserjes conocían a los clientes más habituales, los que vienen año tras año, por nombre y sabían de su vida y se interesaban por ellos. De hecho, no tengo más que buenas palabras para el personal, que tuvo mucha paciencia con dos novatos como nosotros que no conocían el sitio.

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Ayyynnn… qué gustito una piscina sin niños dando por culo. En la última fotografía podréis ver que tiene forma de flecha astada.

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El spa es una maravilla. Obviamente e insisto en lo que digo siempre: en España no he encontrado nada que supere al Oriental Spa Garden del Puerto de la Cruz en Tenerife. Muy, muy limpio, y las instalaciones, nuevas (y con número de clientes restringidos para no saturar las instalaciones; hay que pedir cita). Uno de los detalles que no perdono que falte, y aquí no faltaba: tiene hielo (me encannnta restregarme con hielo). Los circuitos están muy claros y bien definidos. Lo que sí tengo que decir en contra es que los vestuarios están situados lejos y en la planta de arriba. El hotel sólo da una toalla. El gorro lo dan si pagas. Hay que llevar chanclas.

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Unos acuarios para relajarse viendo pececicos mientras esperas tu turno en el spa.

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No dejaban hacer fotos en el spa, así que os dejo con una imagen de la web del hotel:

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La comida fue muy, muy buena. Isabel insiste en remachar que la relación calidad-precio es de lo mejor de la Costa del Sol. Perdón por el desenfoque de la primera imagen. Teníamos contratado bufé de desayuno (¡no tengo queja!) pero, como es mi costumbre, no hice fotos por no parecer un “cateto instagramero.” Aquí tenéis las promocionales del establecimiento.

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Y, por supuesto, postres. Lo de arriba, aunque parezca que no, es un lemon pie y lo de abajo, un coulant de chocolate cubierto de helado de mango.

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Y nos fuimos a dormir. Como fieras. La mañana del lunes la pasamos arrasando con el bufé y descansando para conducir frescos de vuelta a nuestra casa.

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Resumiendo:
Estepona nos gustó mucho. La “gracia” del pueblo es que tiene tantas cuestiones adicionales que no te basta con día y medio para ver ni tan siquiera lo esencial. Creo que no me equivoco al aventurar que volveremos (ese orquidario no se me escapa).

Hasta la próxima.

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