Excursión al Torcal de Antequera. 1ª parte.

Vamos con más excursiones, más viajes y más senderismo. ¡Más!

El segundo día del puente de Reyes (6 y 7 de enero) de 2019 lo aprovechamos para hacer una excursión al famoso Torcal de Antequera. Ya le dedicaré un artículo en exclusiva a mi afición por el senderismo (sí, tengo muchas aficiones y me precio de ser un friki muy poco sedentario: eso me ha salvado de caer en la fisonomía “come-doritos” tan propia de los frikis “estándar”).

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Por ahora, voy a centrarme en describir e ilustrar con imágenes esta excursión a este maravilloso paraje natural andaluz, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

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Introducción.

1) Voy a dividir el publirreportaje en dos partes para no hacerlo demasiado largo y pesado de leer. Sé que la mayoría de vosotros me lee desde el móvil cuando estoy harto de decir que mis artículos son para leerlos desde un ordenador de mesa o un portátil… y también sé que sois más flojos que un muelle de guita y os cansáis enseguida de hacer scrolling. La primera parte versará sobre las rutas cortas del Torcal y la segunda, sobre la ruta larga, mucho más desconocida para el gran público.

2) Las fotografías están hechas desde mi móvil Xiaomi Mi Max 2. No me llevé la Nikon D3200 ni la Lumix G (e hice muy bien) porque sabía de antemano que iba a ser muy fatigoso y peligroso triscar por las rocas con un artefacto colgando del cuello que pesara bastante. ¿El paraje merece la pena llevarse equipación fotográfica “pesada”? Total y absolutamente pero sólo si vas a hacer una excursión dedicada a la fotografía. Yo iba acompañado y no es cuestión de fastidiar a tu pareja parando cada dos por tres con la repajolera cámara, abriendo el trípode, poniendo objetivos, etc. Hacer fotografías de ese tipo no cabía en lo que iba a ser una excursión rápida de un día completo (para la noche queríamos estar de vuelta). O sea, que fuimos con el tiempo al límite (y nos cundió que no veas, fuimos al ras). Queríamos ir ligeritos y disfrutando al máximo de naturaleza y deporte. Además, insisto en lo que digo siempre: quiero recordar mis viajes pero no es que el National Geographic me pague precisamente para hacer reportajes profesionales.

3) Para Isabel sí fue la primera vez que visitaba el Torcal. Para mí, no: ya fui en una excursión con la clase del instituto allá por principios de los noventa.

Y fue una visita de mierda.

Voy a hacer un alto en el camino para tratar este punto porque es de importancia personal y a fin de cuentas este es mi blog y aquí vengo “a hablar de mi libro”. Lo repito muchas veces pero es que para mí fue una cosa que me tocó mucho la moral, muy frustrante: de joven viajé poquísimo. Y los colegios e institutos a los que fui me impartieron una educación de muy elevada calidad pero fueron rácanos al máximo con el tema de las excursiones. Pocas y muy “escasitas” en contenido. Para que os hagáis una idea, la excursión de fin de curso del colegio fue… a Úbeda. Día y medio. Sí. Guay.

La excursión al Torcal de Antequera fue una de esas poquísimas excursiones. Pero fue muy corta, penosa y, eso mismo: muy pobre en contenido (los profesores nos contaron “cuatro pegos” y nos soltaron por allí). Si a todo eso le añadimos que la hice rodeado de compañeros más preocupados en ligar y pegar berridos para atraer la atención de las niñas, supongo que os podréis hacer una imagen del careto que tenía. Si alguien me hubiese dibujado al estilo manga, lo habría hecho con una nubecita negra encima de la cara de frustración.

Lo siento peeeeero… soy una persona muy obsesiva (joder, soy un friki). Me gusta muchísimo (lo necesito físicamente) aprovechar al máximo mi tiempo, “estrujar” las posibilidades, abrir mis sentidos y absorber como una esponja todos los entornos que visito. Especialmente aquellos que no tengo muchas ocasiones de experimentar (sí, los entornos se “experimentan”). Para mí fue muy frustrante ir por el paraje intentando localizar fauna, flora y formaciones geológicas y que mis “compañeros” (mal rayo os parta si me leéis) me molestaran continuamente o asustaran a todo bicho viviente yendo como elefantes en una cacharrería. Lo máximo que llegué a ver fue la cola de un lagarto ocelado.

Creo.

Si por lo menos me hubiesen dejado “ir a mi bola”, pues vale. Pero no sé qué carajo tengo que para lo antisocial que soy, todo el mundo me quiere a su lado. Eso, y que como se perdían continuamente por ir “haciendo el gamba”, me tomaban como punto de referencia e iban detrás de mí, sin dejarme alejarme de ellos.

Coño, José María, ¿tú nos has pasado por la época en la que las hormonas te podían? ¿Nunca has hecho el cafre? Parece que nunca hubieras sido adolescente.

NO.

He hecho el gilipollas o he pecado de inocente o inexperto pero “las hormonas” no han podido conmigo nunca. Y no, no he hecho el cafre ni me he drogado ni he hecho gamberradas ni nada por el estilo (mis padres estaban muy contentos conmigo). Soy una persona muy estricta consigo misma y espero lo mismo de los demás. Las mujeres manipuladoras, especialmente, me temen porque no me pueden sonsacar nada. Ya trataré ese tema en otro momento con más detalle pero os recuerdo que sufro de un TOC bastante severo… el ser débil, el absurdo, el desorden y el caos me molestan físicamente. Me tiemblan las fibras musculares. No soporto la torpeza, la falta de disciplina ni, especialmente, la falta de fuerza de voluntad. Y, consecuentemente, el vencer los problemas mediante esa misma fuerza de voluntad me causa placer físico. Sí, soy un tío muy raro. Afortunadamente, en este caso. A lo que iba: si yo tengo que aguantar las polleces de los demás, los demás me tienen que aguantar mis manías. Es lo justo. Y eso que, a fin de cuentas, estoy en desventaja en el intercambio: los demás rara vez me tienen que aguantar porque me busco la vida solo (también soy muy independiente: no aguanto cerca a la gente mucho tiempo).

4) Volviendo al tema que nos trae aquí… Tenía la firme intención de, ahora sí, visitar bien a gusto y a mi ritmo, el Torcal de Antequera. Y cuando digo “visitar” me refiero a ver hasta la última jodida piedra y rebuscar hasta ver el último puñetero buitre leonado.

Le doy verdaderas y sinceras gracias a mi mujer por aguantar a semejante “joya” que es su marido. La paciencia que tiene conmigo la pobre mía… es para levantarle un monumento. Afortunadamente, somos tal para cual. Y es que creo sinceramente que el éxito en el amor no consiste en ligar cuanto más, mejor y en haber tenido doscientas mil relaciones más o menos esporádicas… sino en encontrar a esa persona especial. Pero, en fin, que tampoco me quiero erigir yo en el juez de qué es lo correcto y qué no en el amor. Os deseo lo mejor a todos en ese aspecto.

Bueno, a todos, no. A los que se lo merezcan. A los antiguos compañeros de instituto que me jodieron la excursión al Torcal (Eduardo Sánchez, tú, no, tú te portaste) les deseo que revienten como ciquitraques. Así os hayáis divorciado tres veces y os hayan aplicado la Ley de Violencia de Género, hijossss de puta.

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El entorno.

Voy a explicar someramente qué es el Torcal de Antequera para el que no lo conozca y así fomentar la cultura general, que nunca viene mal (toma aliteración).

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El Torcal es un paraje natural caracterizado por las caprichosas formas que adoptan sus formaciones calizas, dándole una apariencia prácticamente alienígena. Es uno de los pocos paisajes kársticos del occidente europeo. Allá por el Jurásico, se fueron acumulando sedimentos marinos (hay un montón de fósiles de amonitas por todas partes) en capas que se fueron levantado progresivamente por los movimientos tectónicos (que le dieron forma de champiñón) hasta crear esta parte de la serranía malagueña, muy próxima a la monumental ciudad de Antequera. La erosión del agua, el sol y el viento fue dándole esas formas a las rocas calizas a lo largo de millones de años. Por eso las rocas tienen grietas muy notorias y se pueden apreciar las capas geológicas.

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Callejón de la Gallumba. Aquí, Isabel me gastó una broma que por poco me da un infarto. Se adelantó mucho hasta que la perdí de vista. Le dije: “ten cuidado por dónde triscas, a ver si te vas a hacer daño, como cuando te doblaste el pie en Japón” (Isabel tiene los tobillos de margarina hecha con leche de oveja merina, se los ha doblado varias veces). De pronto oigo: “¡CATACROC!” Seguido de un: “¡aaaaah!” Ya soltaba la mochila para ir corriendo a por ella mientras gritaba “¡Lo sabía!”… cuando me aparece su cara sonriente entre los arbustos, riéndose de mí (¡Ha-ha!). La joía había tirado una roca contra otra a escondidas para hacer el ruido. Ufff… ya me la veía llevando a cabritillos hasta el coche.

El paraje se llama “torcal” porque es un terreno dominado por las “torcas”, que es otra forma de llamar a las dolinas. Ya hablé de las dolinas en el otro blog cuando traté cómo usaban los mayas los cenotes. Las torcas son, eso… agujeros (de diferentes tamaños) de forma circular causados por el hundimiento fruto de la erosión (principalmente causada por la acidificación del agua de lluvia mezclada con el CO2 del aire) de un terreno calizo. Hay una barbaridad de cuevas y simas por la zona y multitud de formaciones rocosas con una forma tan curiosa que tienen nombre propio (el más conocido es el del “Tornillo”, que veremos en la siguiente entrada).

La verdad es que el paisaje es de película. Pero el Torcal de Antequera no es importante sólo por eso. Es un paraje de gran importancia biológica: numerosas especies vegetales y animales en peligro de extinción tienen su hábitat en este entorno. Los animales más conocidos son, por supuesto, los buitres y las cabras montesas.

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Ejemplares de cabra montés (Capra pyrenaica hispanica) en el Torcal de Antequera. No se acercan a los senderistas pero se dejan ver sin problemas.

Pero hay un chorro de reptiles y todo tipo de aves, desde jilgueros a halcones. Y, aunque las especies vegetales incluyen el encinar y la vegetación mediterránea de altura, las más afamadas son las endémicas, muy especialmente las rupícolas, que son las plantas que crecen entre las rocas. Y si hay algo en abudancia en el Torcal son las rocas.

Y, más aún, el Torcal de Antequera tiene su importancia histórica y arqueológica: ha estado habitado desde la Prehistoria y en su entorno se encuentran los famosísimos Dólmenes de Antequera que seguramente hayáis estudiado en Historia y que también son Patrimonio de la Humanidad… pero no los visitamos porque no están en el Torcal propiamente dicho, y los hemos reservado para una excursión específica. Haberlos visitado a la vez nos habría restado un tiempo precioso para ver el Torcal al completo. Porque lo vimos prácticamente al completo.

Os recuerdo que el Torcal está a una altitud de 1231 msnm con un desnivel de 802 m. Os dejo con la información técnica de altura, puertos de montaña, etc., y pasamos a relatar nuestra excursión en sí.

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El viaje.

Nos pillaba muy cerca desde La Carlota, apenas una hora y media por la autovía Córdoba-Málaga, desviarse en el cruce de Antequera y seguir las indicaciones hacia el Torcal y Villanueva de la Concepción, que las hay por todas partes (pero prestad atención dentro del casco urbano de Antequera; puede que os pase como a mí y os saltéis alguna calle).

Es una excursión que se presta muchísimo a hacerla en un día, sin necesidad de pernoctar. Además, está en pleno centro de Andalucía. Creo que no me equivoco al decir que prácticamente se puede visitar en ese plan desde cualquier punto de la comunidad autónoma. Si venís de otra parte de España (o de Europa) yo aconsejaría encarecidamente alojarse para dormir en Antequera y dedicarle un día extra a visitar la ciudad y los Dólmenes. Y a comer, que se come muy bien.

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Eso sí, precaución con la carretera de subida (y bajada) desde Antequera (el Torcal está a unos 13 km de la ciudad). Es relativamente estrecha aunque está en muy buen estado. Cuando fui de estudiante aquello era un puto peligro.

Lo bueno del lugar es que está muy, muy bien organizado gracias al Centro de Visitantes del Torcal de Antequera, uno de esos “centros de interpretación” de la Junta de Andalucía que te sirven para introducirte a la zona y sus características, dar información, concentrar establecimientos de comida y tiendas de recuerdo, hace las veces de museo… y lo que más me gustó: tiene un párking bastante hermoso, llano y abierto.

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Bueno, en realidad tiene dos: uno en el centro propiamente dicho, el párking Alto o superior, y otro más abajo… y sí, se llama el Bajo o Inferior. Mi consejo particular es que, si podéis, lleguéis muy temprano, lo más temprano posible, al párking Alto, para poder aparcar cómodamente (se llena muy rápido como sea un día de larga afluencia de turistas), aunque está permitido aparcar en hilera conforme se va descendiendo de vuelta la carretera que lleva al Centro (precisamente la que lleva al párking Bajo).

Una cosita con respecto a los párkings que quizás os ayude para evitar confusiones: en Google Maps aparece una señal de párking a mitad de la carretera de ascenso al Centro de Visitantes. Ése es el párking Bajo que está en el Mirador Diego Monea. Que sí, tiene un poco de espacio para aparcar y se pueden tomar fotografías muy buenas pero no es el párking más inferior propiamente dicho. Hay otro que se encuentra mucho más abajo, al pie del parque natural, justo al lado de la carretera A-7075 que lleva a Villanueva de la Concepción. Y ese punto sí es el ideal para comenzar la ruta larga (la naranja) al completo. Digo todo esto porque se notaba que algunas personas comenzaban desorientadas en el mirador la ruta naranja siguiendo las indicaciones de Google Maps y, como poder, se puede hacer desde ese punto pero no empieza exactamente ahí, sino donde he dicho, mucho más abajo. Lo digo por vuestro bien: es muy penoso tener que volver andando al coche por una carretera estrecha y por donde circulan muchos vehículos.

Con respecto al párking Bajo… Hay un autobús lanzadera (de pago) que lleva del centro a éste y viceversa pero tiene unos horarios muy restringidos. De hecho, cuando fuimos era día de fiesta, no había ninguno y no pudimos utilizarlo.

Podéis escoger uno u otro párking según qué rutas queráis hacer, las rutas cortas de la parte alta (verde y amarilla) o la ruta larga (la naranja) que comienza en la parte baja de la carretera. Mi consejo es que si tenéis poco tiempo o vais con prisas, hagáis sólo las rutas cortas (las más espectaculares) y, para ello, aparquéis en el párking Alto, junto al Centro de Visitantes.

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¡Comenzamos!

Lo vuelvo a decir: el Centro de Visitantes está muy bien organizado. Es nuevo y sirve como magnífica base desde la que comenzar las rutas.

Tiene incluso visitas y rutas guiadas de distintos tipos (para encontrar fósiles, para que te enseñen el entorno desde el punto de vista geológico o biológico, otra para atravesar el laberinto de rocas, para niños, etc.). La ruta quizás más llamativa sea la que se puede hacer de noche. El Torcal se caracteriza por estar muy alto, en un entorno de aire muy, muy limpio (podréis notar que incluso las fotografías, que a fin de cuentas están sacadas con un móvil, están limpísimas) y alejado de la contaminación lumínica de grandes ciudades. Es por eso que el Centro de Visitantes incluye un pequeño observatorio astronómico, se realizan visitas nocturnas, e incluso se dan cursillos de Astronomía.

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Centro de Vistantes del Torcal de Antequera. En primer plano, el párking superior del Torcal Alto. El edificio cúbico de la derecha es, obviamente, el observatorio astronómico.

Isabel y yo fuimos con la idea de ir por libre e intentar hacer todas las rutas (las cortas y la larga), así que no reservamos ninguna (no somos muy aficionados ni a la Astronomía ni a la Paleontología).

Alguno que me lea y que conozca el sitio, se estará preguntando: “¿¿¿hicísteis todas las rutas en un solo día??? ¡Estáis locos! ¡Eso es imposible!” Mis cojones, treinta y tres. Se puede y recomiendo hacerlo para los que, como nosotros, vayan más en plan deportivo y senderista que los que vayan sólo a ver el paraje, en plan desenfadado… o “tirando” de niños y “gente ralentizadora”.

Ciertamente es una paliza. Y una paliza mu’ rica, especialmente para los más deportistas. Eso sí, no podéis ir tocándoos la flor, insisto. Y, más aún, en un día de poca luz como en el de plenísimo invierno en el que fuimos nosotros. Cuando terminamos, todavía había luz pero el sol ya se había ocultado (“corre, corre, que se pone el sol”; parecía que le temíamos a los vampiros, macho).

Lo dicho, aparcamos el monovolumen y, como habíamos llegado muy prontito (ésa era la idea: aprovechar el tiempo al máximo), dimos una vuelta por el lugar para ubicarnos, entrar en el Área Interpretativa para enterarnos de los conceptos más interesantes (fauna, vegetación, geología), leer cartelería, horarios, reconfigurar Google Maps (salvo puntos muy concretos de la ruta larga, la cobertura es buena)… y ceñirnos las mochilas y la equipación.

Ese día hacía más frío que en el bidé de Frozen (joder, el día de antes habíamos llevado los regalos de Reyes a las sobris), así que llevábamos equipación de montaña. Táctica y un poco más ligera en mi caso porque soy muy poco friolero (siendo andaluz sufro mucho por las altas temperaturas de mi tierra) y sabía que íbamos a hacer un buen esfuerzo y me iba a acabar entrando calor. No me equivoqué.

Isabel estaba loquita de contenta con el cortavientos Columbia que le compré. Si no tenéis mucho presupuesto disponible, os recomiendo que lo más básico que adquiráis sin mirar el precio sean unas buenas botas (sí, botas, nada de zapatillas, runners de los cojones: en montaña de rocas, los tobillos tienen que quedar bien protegidos por un calzado apropiado con caña alta) y un cortavientos. Si tienes frío te lo pones y si tienes calor, como es tan ligero, te lo enrollas a la cintura, o lo echas a la mochila.

Bueno, hecho eso y antes de comenzar las rutas nos fuimos al Mirador de las Ventanillas, que está muy cerca del Centro de Visitantes. Desde él se puede ver el Valle del río Campanillas, Villanueva de la Concepción y, al fondo, la serranía malagueña de la costa.

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Antes esto era mar. El mar de Thetys, para ser más exactos.

Y, obviamente, empezamos a echar fotos como descosidos, empezando por los mendas lerendas.

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Isabel con su “peaso” de cortavientos Columbia.

 

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Un servidor con su equipación. A ver si adivináis qué gafas llevo puestas, je, je…

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Las rutas.

Voy a explicar un poquillo cómo se organizan las rutas de uso público libre del Torcal para que, los que uséis mi artículo como referencia, podáis ir bien informados.

Hay TRES rutas: dos cortas (la verde y la amarilla), para recorrer la parte del Torcal Alto… y la Naranja (hay quien la llama equivocadamente “roja” en algunas webs pero no, su nombre oficial es “naranja”), para ascender desde la mismísima base del Torcal hasta el Centro de Visitantes.

A ver, las rutas verde y amarilla son las más cortas y las más espectaculares, las que aconsejo para todo el que simplemente quiera darse una vuelta por el sitio y conocer el paraje. Son muy fáciles (hombre, relativamente: hay que pisar rocas), la verde más que la amarilla. Tanto, que llegamos a ver a una mujer mayor con muletas en la verde y a varios runners practicando parkour en roca (nota: no lo aconsejo porque eso es machacar rodillas y tobillos; con la edad se resentirán). De todas formas, el Torcal no es el sitio al que yo llevaría a personas de movilidad reducida. La mayoría del personal las hace juntas (son circulares) y se tardan yo diría que en torno a las tres horas y media y eso, tocándose mucho los huevos.

La naranja es lineal, muchísimo más difícil y larga, yo sólo la aconsejaría para los más deportistas. También es más desconocida (sólo nos encontramos con otra pareja y eso, ya al final de la ruta). Ésta cruza antiguas zonas de pastoreo, canteras, etc. Se tarda un poco más de cuatro horas en hacerla (ida y vuelta). Yo aconsejaría descansar a medio camino o se os puede hacer muy pesada.

Repito: nosotros hicimos las tres. En el mismo día. Las dos más cortas a primerísima hora de la mañana, parando a comer y descansar… y, después, cogiendo el coche hasta dejarnos en el párking más inferior y ascendiendo hasta el Centro. Nuestra idea era tomar luego en el Centro la lanzadera de vuelta al párking inferior pero, como os dije, era día de fiesta y ya arriba nos enteramos de que no había ninguno. Hicimos el descenso de vuelta otra vez por la ruta hasta el párking (no os preocupéis si os pasa lo mismo, se hace muchísimo más rápido que el ascenso).

En esta primera parte de mi reportaje fotográfico vamos a ver sólo las rutas verde y amarilla. La segunda parte la reservo para la ruta naranja.

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Las rutas verde y amarilla.

Al lado derecho del Centro de Visitantes, detrás del observatorio, comienzan oficialmente las rutas cortas (verde y amarilla, pero que sepáis que la amarilla es una prolongación de la verde con un desvío central que las conecta si queréis acortar, y que pasa por una zona más húmeda y umbría). Son libres, así que podéis hacerlas como os venga en gana. Están señalizadas con postes y líneas de colores en las rocas. Es muy difícil perderse, pero lo que siempre digo: llevad los móviles con conexión bien cargados, y baterías portátiles. Y, a ser posible, no vayáis nunca solos. Insisto: la conexión es bastante buena.

 

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Isabel junto a un acer monspessulanum (arce menor o de Montpellier), una sapindácea propia de la región mediterránea. Como sabréis ya porque como buen friki no paro de repetirlo, soy jardinero aficionado y un grandísimo amante de las plantas y siempre estoy ojo avizor para detectar plantas inusuales o meritorias. El árbol destaca muchísimo entre la vegetación de la zona y lo reconocí enseguida, de lejos. ¡Pues resulta que este ejemplar es muy famoso! La pena es que era invierno y estaba sin hojas. Aun así se le nota un porte espectacular.

 

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Hoyo de la Burra, antes de entrar en el Callejón de la Gallumba. Una anotación de divulgador y luchador escéptico. Este sitio (es muchísimo más grande, no llevaba cámara con objetivo) es muy conocido entre magufos y amantes de la New Age porque, supuestamente y según ellos, es un punto de concetración de “energía telúrica”. Esa creencia tiene su origen en que el Torcal de Antequera fue, desde tiempos prehistóricos, un lugar de referencia geográfica y astronómica para los pueblos de la zona. Los Dólmenes de Antequera, por ejemplo, están alineados con el Torcal y con el sol. Se han hecho muchas mediciones científicas y no se ha detectado ni una mierda inusual. Cuando yo pasé por allí ni se te erizaba el pelo ni pollas en vinagre.
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Callejón de la Gallumba. Nota cultural: la gallumba es el nombre que se le da en las comarcas centrales de Andalucía a una especie de amapola.
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Cabras montesas (capra pyrenaica hispanica) en el Torcal de Antequera. En primer plano, brazo de Isabel Guzmán con su Juan güey).

A mitad de la ruta verde, se nos cruzó en el camino un rebaño de cabras montesas. Bueno, yo siempre las he llamado íbices que es como me lo enseñaron en el colegio pero, por lo visto, el nombre más propio es ése. Venga, vamos a recordar a Féliz Rodríguez de la Fuente. La cabra montesa o íbice ibérico (Capra pyrenaica) tiene cuatro subespecies (tenía, el bucardo ya se extinguió aunque tiene el inmenso mérito científico de haber sido la única especie “resucitada” o desextinguida hasta el momento de la Historia). La que se encuentra en el Torcal es la Capra pyrenaica hispanica.

Se las notaba relativamente acostumbradas a la presencia humana pero, a su vez, eran lo suficientemente tímidas como para no acercarse. La verdad es que es digno de ver cómo saltaban entre las rocas y los riscos con esa seguridad, con el arte, el salero y el tronío.

En el Torcal, las cabras montesas vuelven a ser muy abundantes (había muchos restos de cagarrutas por entre las rocas) tras años de penurias, ya que su caza está prohibida y no hay depredadores por la zona.

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¡Tuve la suerte de que me salió una fotografía de una cabra saltando!

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¡Wiiiii!

Y ya que estamos hablando de fauna. También vimos buitres leonados pero, claro, en la distancia. Y la cámara de mi móvil no daba para más. Hubo un momento en la ruta naranja en la que nos sobrevolaron relativamente cerca pero… , las fotos salieron penosas.

De reptiles, nada de nada. Recordemos que era invierno.

Sí que vimos jilgueros y perdices.

Muchas, muchísimas de las rocas de las formaciones kársticas que podemos encontrar en el Torcal de Antequera tienen nombre propio, que hace referencia a su forma. Hay quien hace las rutas y busca “coleccionarlas” fotografiándolas. Nosotros fuimos, insisto, con una intención más deportiva y, como no llevaba una buena cámara, no fui buscándolas. A quien quiera conocerlas, le dejo con este enlace a una simpática y completa guía de las rocas con formas curiosas del Torcal.

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Los Iguales.

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Vegetación rupícola (de hábitat rocoso) en el Torcal de Antequera. A diferencia de árboles o arbustos, no soy muy entendido en vegetación rastrera. Por todas partes se podían ver zarzas, coscojas, espino blanco (muy abundante en la parte baja del Torcal), quejigos, hiedras… Lo malo de haber ido en invierno es que muchas de estas plantas estaban desnudas de hojas y, por supuesto, sin flores.

 

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Mira que el Torcal de Antequera está alto y es más rocoso que la casa de los Picapiedra. Pues hasta allí es capaz de crecer el palmito (Chamaerops humilis). Es duro, el cabrón.
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A estos pasos entre rocas se les conoce como “callejones”.

 

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Entrada al Callejón Oscuro. Se lo llama así porque da mucho la sombra. Os podéis hacer la idea del fresquele que hacía allí en pleno invierno.

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Dosel vegetal.

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La Jarra y la Botella.

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Callejón del Tabaco. Las señales de pintura en las rocas marcan la ruta.

 

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Zona del Burladero.

 

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Observad cómo la vegetación rupícola crece todo lo que puede buscando, mediante movimiento trófico, huir de las zonas más umbrías y alcanzar la máxima exposición a la luz del sol. Obviamente, las enredaderas como las hiedras están muy adaptadas para ello.
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Líquenes y musgos hay unos pocos.
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La Aguja del Agrosol.

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Isabel junto a uno de los muchos “macetones” que se encuentran por el paraje. A éste se le llama Proa de Barco o eso decían en la guía de Wikiloc.

 

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Los Arregladeros.

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El Robot, el Ataud, el Mascarón de Proa.

 

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Pues qué queréis que os diga… a mí me parece una tortuga acostá.
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Señalización del final de la ruta… con un detalle macabro. Sí, con el cráneo de una cabra montesa.

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¡A zampar!

Depués de finalizar las rutas verde y amarilla, nos tomamos un descanso y comimos en el restaurante Torcal Alto antes de hacer la naranja.

Este restaurante tiene una amplia terraza con vistas a las formaciones rocosas. Se especializa en platos locales. No se come mal y no es caro para ser el único establecimiento hostelero en kilómetros a la redonda.

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¿A que parece un barco la formación que se ve al fondo?
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Me pedí una porra antequerana (sí, una sopa fría muy parecida al salmorejo). Así lo prepararon: con huevo duro, rodajas de tomate y pizcos de jamón y atún.

 

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Esta sopa caliente la pidió Isabel porque tenía mucho frío (es muy friolera). Lo siento, ni ella misma se acuerda de qué es. Lo único que puedo decir, por evidente, es que tenía picatostes.
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Isabel no se complicó y pidió huevos con patatas y jamón. Yo, como tenía la firme intención de probar gastronomía local, me pedí un “Plato torcaleño” (lomo de orza, chorizo, huevos fritos, pimiento verde frito y patatas). Y es que, como dice mi compañero Antonio R… “los platos de pueblo del sur de España buenos-buenos son todos del tipo: huevos con cosas. Muchas cosas. Cuantas más, mejor”.
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De postre, Isabel se pidió una rosquilla y un cornetto (que no sale en la imagen). Yo, en mi línea… cosas locales. Me pedí un bienmesabe antequerano, un postre tradicional de almendras, huevo y cabello de ángel servido en plato de barro. Qué… cosa… más… buena. Todo lo que os diga es poco. En el enlace anterior os dejo la receta.

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Bueno, pues hasta aquí la primera parte de nuestra excursión al Torcal de Antequera. En la próxima entrega, veremos la ruta naranja.

 

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